DEMENTIA -2006 (original La Epidemia) cuento de navidad colgado y delirante

1 La Epidemia (El camino de la tortuga)

Claudio caminaba desde algunas  horas, las tres de la tarde para ser preciso. Al principio le molestaba la cantidad de gente que se apretujaba en los comercios y las veredas  pero a pasar el tiempo la soledad ganaba las calles. Tranquilo y sin apresurarse siguió recorriendo hasta no cruzarse con ser humano alguno. Sentía temor de encontrar a alguien y a la vez de  no encontrarlo. Pensó ¿Dónde se habrán ido todos?, ¿Habrá pasado algo? Alguna ansiedad al ver carteles y fotos. El estómago comenzó a recordarle los ritmos vitales y tomó de un quiosco solitario un chocolate, sin elegir demasiado. Una fruta más, allí en una verdulería. Bebió agua en la plaza y miró a su alrededor, estaba olvidando que había seres similares a él, hombres, cada tanto un cartel de publicidad se lo recordaba, cada kilómetro, algún espejo le mostraba su reflejo y le recordaba su imagen humana.

Pasaron las horas. Claudio veía caer la tarde y aún no atinaba a encontrar una explicación para esa extraña paz y a la vez ese débil pero angustioso vacío en el pecho que se le hacía presente de a ratos. Estaba entre el vértigo y la dicha. Su mundo se centraba en él y le gustaba ese mundo tranquilo donde estaba, no había asomo del mundo anterior excepto por las calles donde las mesas estaban preparadas con alimentos frescos, los televisores en las vidrieras de las casas de electrodomésticos. Parecía haber huellas humanas en todos lados pero nadie más había  y,  además,  ¿a quién le importaba?.

En un  par de días  se acostumbró, olvidó la angustia que ya ni aparecía y se sentó tranquilo a comer una pieza de pollo que tomó de una mesa. Pensó que en verdad estaba muy buena, recién hecha, pero no se preguntó ya como sería que en una mesa se encontraba con el alimento en buen estado. Ni siquiera pensó que podría estar dormido, porque normalmente uno no piensa que está dormido, cuando está dormido. Uno sueña y listo, toda su vida es ese sueño y aún cuando se despierta a la mañana puede ser que se lleve la sensación del sueño por el resto del día.

¡Qué rápido se acostumbra uno a lo bueno!. Se acostumbra uno fácil  a casi cualquier cosa que resulte natural a su persona. Ya no pensaba en nada, nada en que pensar, dormía cuando quería y donde quería preferentemente un lugar seco y a la sombra. En realidad las sombras estaban en todas partes, unas sombras extrañas que lo empujaban, le bolsiqueaban la ropa, experiencia esta que no llegaba a explicarse, tampoco le importaba demasiado.

Se había transformado en un observador de los edificios y los pequeños paisajes ciudadanos. Miraba las calles a lo largo y veía como las sombras de los árboles se recortaban sobre el asfalto. Los distintos colores de los árboles. Los árboles poseían una luminosa sensación de vida, las hojas vibraban hasta deshacerse en el aire.

Nubes de polvo se arremolinaban junto a construcciones abandonadas, de formas que no podía calcular, no todas parecían fruto del viento. La  lógica o más bien la física de muchos de los sucesos se le escapaba como si no captara, con  sus sentidos  todas las variables.

2

La policía lo llevó cuando estaba sentado en una banqueta de la calle, rodeado de la mirada curiosa  de gente  mientras  comía una pata del pollo asado, realmente estaba bueno y le gustaba mucho el pollo. La había tomado de  la mesa de un restaurante ante los ojos asustados de un cliente que estaba almorzando en la vereda al sol, sólo tomó el pollo y siguió caminando, pero estaba cansado y se sentó, con la mirada perdida, casi ciego parecía estar. Los transeúntes que lo rodeaban, le preguntaban su nombre, no lo golpearon,  estaba bien vestido y realmente no parecía agresivo. La  mirada del poli trataba de dilucidar el acertijo, estaba bien vestido y se notaba que la acumulación de mugre no tenía que ver con una forma de vida sino con algo parecido a un shock, la ropa no era un rejunte de cosas regaladas, estaba bien combinada y era clásica pero actual. Cuando terminó de comer sin contestar ninguna pregunta, sin hacer ningún gesto brusco se paró y comenzó a caminar. Los agentes lo detenían y le decían cosas pero él, cuando lo soltaban de toda atadura, comenzaba a caminar y cuando estaba sostenido por agentes o lo que sea  también parecía caminar en el aire.

 

Había algo en él que los inquietaba, parecía de clase media y no contestaba a nadie, nada, no miraba a las personas, no las veía. No había marcas de agujas, no había golpes. Pensaron en un secuestro no denunciado. Con su formación académica casi nula ni se les ocurrió que pudiera ser un enfermo mental que se había escapado de la casa. Su intuición natural les jugaba una mala pasada, hay un aspecto físico de la enfermedad mental, unas huellas del problema crónico psiquiátrico que el común de la gente tiene registrado. Pues este señor no daba el tipo de un “loco”. Siguieron pensando en un secuestro no denunciado, o que había ido por una puta y cayó en una trampa de esas que existen y que no se había recuperado. Siguieron pensando así cuando fue internado, de todas formas el médico que lo ingresó no era un psiquiatra. Siguieron pensando en eso cuando su sobrino, su única relación familiar periódica,  lo buscó hasta encontrarlo, jurando que no había ninguna comunicación de secuestro alguno.  Con la llave que le había dado entró al departamento y  no había ninguna llamada en el contestador. Las tarjetas estaban en la casa. Nunca tuvo automóvil, siempre decía  “ no me puedo imaginar manejando entre tanta bestia”.

 

El sobrino autorizó a la policía a ingresar a la  casa para que vieran y sobre todo para intentar alguna explicación. Los polis seguían pensando lo mismo, porque no sabían que otra cosa pensar, excepto que se volvió loco y se le vació la cabeza.

3( Los locos tienen suerte)

El sobrino fue a verlo,  en la dirección que le habían dado, preguntó como podría trasladarlo a otro lugar, preguntó que trámites debía hacer para ver que le cubría la obra social. Lo veía  sentado, mirando crecer la mancha del musgo en la pared, había caminado durante días antes que la policía lo llevara. Ahora, allí encerrado caminaba alrededor del jardín. Tenía razón Jorge, uno de los médicos, parecía una tortuga buscando la salida, en forma torpe pero insistente. Comía algunas veces, pero no lograban que se sentara en el comedor, tomaba lo que fuera y salía a caminar. Si lo obligaban apenas oponía resistencia, como la tortuga, pero no parecía captar las indicaciones, ni las miradas de la gente del lugar. En una semana había llegado ya seis personas en la misma condición, con la misma mirada perdida y su insistencia en caminar tropezando con cuanto ser humano se cruzara en su camino, aunque jamás chocaban con ninguna otra cosa.

 

“Los locos tienen suerte” pensó el sobrino, si yo tomo comida y empujo a las personas al caminar o me pisa un auto o me dan un palazo. Se acordó de una vez que oculto en las sombras de un paredón quiso orinar y le cayó encima un guardia privado terminando la cuestión con el pantalón meado. El tío, según la descripción y las ropas sucias que estaban guardadas,  no tenía trazas de haber tenido dificultades para orinar, después de unos días de andar en la calle en esas condiciones era muy raro. Pensó él también en un secuestro que salió mal porque no sabían quien era.

 

Se levantó de la silla, ni lo saludó “para qué” y salió lentamente del hospicio. “Los locos tienen suerte” siguió musitando como una oración, y salió a la calle, se sintió agredido por la multitud que salía de las oficinas “justo la hora” pensó y se fue buscando una vereda menos transitada, tranquilo sin apresurarse siguió caminando, sentía un hermoso aroma a bergamotas. A las dos horas todo estaba más calmo, las casas parecían vacías, los comercios abiertos y sin vendedores siquiera, ansiosamente se preguntó que pasaba pero al rato se había olvidado de lo ilógico que parecía el hecho. Los carteles le recordaban que existían seres parecidos a él y eso le producía miedo, no quería encontrarlos y  a la vez temía hallarse solo. Pronto se olvidó de esos temores. Tomo un paquete de chipá de una mesita, ya tenía hambre. Comenzó a enrojecer  el cielo.  Un colectivo frenó a dos centímetros de aplastarlo,  él lo miró como si fuera viento y siguió caminando, pasó por el mismo lugar del que había salido y siguió, realmente iba y volvía como buscando una salida en el aire. Ya de noche cerrada no se hizo más preguntas, como si lo sucedido hace cinco horas fuera un sueño olvidado…

4

Jorge era médico y trabajaba en el hospital psiquiátrico, ya hacía más años de lo que a muchos les gustaría confesar. Le encantaba hablar de su antigüedad, era una demostración de que “no habían podido con él”, No pudieron con él  en muchos sentidos, no lo “echaron”, no renunció, no dejó de pensar, nunca se acomodó del todo.

 

Cuando Claudio fue internado, él estaba de guardia. Él no era psiquiatra pero le hizo la admisión, era el único en la guardia. Aún no sabían su nombre…

 

Pasado el tiempo, cuando sus colegas psiquiatras  hacían los estudios y trataban de formular una hipótesis comenzaron a encontrarse con otros casos muy parecidos. El diagnóstico, tan fácil que parecía en el primero, comenzó a complicarse. En toda la ciudad, gentes muy de clase media, con buena salud, buen empleo, casi siempre viviendo solos y con tendencia a la soledad  parecían emprender “El camino de la tortuga” como él lo había bautizado. Lo llamaba así porque recordaba las tortugas que habían habitado en la casa familiar. Parecían no interesarse de nada, se escapaban ni bien encontraban un lugarcito en la cerca, como los perros, los gatos, las palomas o las gallinas, pero las tortugas no volvían, no miraban atrás. Puede ser que fuera un problema de cuello, o que la antigüedad de sus pasos era tanta que no había mirada capaz de abarcar el pasado.

 

Jorge lo miraba y pensaba buscando explicaciones ilógicas que suelen ser las más aplicables en estos casos. Mientras todos ya estaban pensando en un virus o alguna reacción a la polución ambiental,  él observaba esos ojos que no lo veían pero que descubrían los árboles, las arañitas, las pequeñas plantas. Imaginaba, o vislumbraba  que Claudio veía crecer cada hoja, abrirse cada capullo como si fuera capaz de captar los microscópicos movimientos de la vida trepando a la existencia.  Se le ocurrió que si lograba la quietud absoluta sería captado por su mirada.

5 (Sigue el camino a ningún lugar)

Un mes después de la internación comenzaron a registrase cambios en todos los ingresados con la misma sintomatología. Comenzaron a perder toda percepción del entorno, caminaban tropezando con todos los objetos, con diferencia de días tuvieron que inmovilizarlos a todos porque era un caos de enfermos tropezando con carritos de comida o de remedios. Con la gente ni hablar porque ya venían tropezando de entrada y empeoró mucho, ya no veían los objetos que portaban los demás. Camas, mesas  y árboles intentaban ser atravesados como si no existieran. Ciegos inconscientes de su ceguera. Hubo que alimentarlos pues ya no parecían ver la comida, ni oír ningún sonido, nada…

Jorge se preocupaba, él creía haber encontrado una posibilidad de comunicación con Claudio sobre todo que fue el caso que él ingresó y que había seguido con curiosidad y afecto. Ahora todo empeoraba. No tenía nada que ver con sus esfuerzos por comunicarse. Todos, no solamente Claudio, comenzaron a mostrar los mismos síntomas.

 

Jorge respiraba hondo, miraba a Claudio desde el pasillo y se acercaba lentamente. Trataba de ver hacia donde se dirigía su mirada aparentemente ciega. Cuando creía enfocar fijaba sus ojos cerca de los de esa mirada. No lo hacía mirándole directamente a los ojos porque le daba cierto vértigo. Algunas veces ponía música mientras se dedicaba a esa extraña terapia. “Las cuatro estaciones” de Vivaldi, su favorita, tenía que ver con los ciclos y el ritmo de la vida.

6 (Lento retorno adonde nunca fue)

Lo primero que comencé a captar, fue ese extraño hombrecito morocho que se llama a sí mismo Jorge el Médico. Luego me dediqué a descubrir cosas por segunda vez. Una segunda mirada y una atención me fueron necesarias. La vida trepando por las paredes en forma de musgo. La vida bailando en los pájaros,  las cucarachas y las hormigas con movimientos agitados. Luego objetos menos móviles pero difíciles de captar, hay como una vibración en su inmovilidad. Yo sé lo que son en realidad, pero me cuesta captarlos y siento que deberían tener algún otro significado. Sé que, si fijo la vista de cierta manera, puedo ver “personas” y que estas intentan comunicarse conmigo.

 

No se puede recordar lo que no se ha sido, pero en realidad hay cosas que recuerdo. Sé como hacer algunas cosas, prácticas de limpieza para sentirme bien, comer, taparme, caminar. Sé poner algunas palabras en un papel porque Jorge me lo ha pedido, mi nombre me costó recordar, el apellido mucho más, agua y pan mucho menos. Pero hay algo que falta, siento que hay algo que se me pide recordar y no sé que es, entiendo sus palabras pero creo que hay un sentido que se me escapa. Entiendo el miedo, entiendo el amor, pero se separan del sonido que sale por la boca.

 

Parece que tuviera que decidir creer o no en lo que se me está presentando. Me cuesta concentrarme en ello, fijar la mirada de cierta manera, actuar respondiendo a las preguntas o las situaciones que se me presentan. Es una cuestión de decisión y una muy difícil decisión, confiar en una de mis intuiciones. Quisiera saber si hay un para qué en todo esto, yo no lo veo.

No sé si puedo elegir, pero tengo esa sensación. Debería dejar que las cosas continúen solas como hasta ahora, pero algo me dice que mi naturaleza y mis acciones son dos cosas distintas aunque muy conectadas.

Si supiera a quien o qué me enfrento estaría mejor, pero en todas las situaciones me parece ver el reflejo de mí mismo. Eso me hace pensar que pueden ser todos espejismos, nada existe…

Las sombras en la pared tienen formas graciosas cuando se juntan con las manchas de humedad. Todavía no sé que causo en ese pequeño Jorge el médico. Me pregunta y espera mis reacciones. Algunas veces querría satisfacerlo y darle la respuesta que espera. Adivino de a poco en alguno de sus gestos desilusión, preocupación, alegría…aprobación.

8 (Hablar de lo que no tiene nombre)

Llegada la navidad de ese año, al fin, volvió el sobrino de visita. Se miraron como compatriotas que se encuentran por casualidad en una terminal internacional, de un país extranjero. Hablaron poco, no era fácil hablar de lo que no tiene nombre. El sobrino le habló de su madre, sola en la provincia y él no iría todavía, tenía que seguir con los controles médicos, estaba sin trabajo ya, no podía hacer mucho por escapar al cuidado burocrático que le otorgaban, tampoco tenía tanto impulso, pero sentía cierto escozor pensando en el sentimiento de su madre.

 

Claudio arrancó una hoja de papel  y escribió algunas líneas casi descolgadas, pensaba mandarlas a su hermana, la madre de su sobrino, o tal vez no, solo escribió mansamente como si sus dedos se disolvieran en tinta y crearan palabras. Como un arroyo en la llanura, sin mucho impulso pero constante. Escribió…

“No importa con quien estés, no importa si estás sola, el ritmo de la vida sigue. Me gustaría que prepares tu copa con lo que te guste, con lo que tengas, que arregles la mesa la mesa con los cuatro trapos que te quedan y  tu cabello aunque nadie lo vea,  sólo por sentir tus dedos en el cabello

Recuerda, si te gusta, el pasado. Puedes mirar el cielo, las estrellas,  si están,  sino las nubes

Los fuegos artificiales que alguien en algún lugar encendió para ti.

Hoy nace quien tú desees que nazca. Con todo el silencio y aunque hoy se te llenen los ojos de lágrimas,  piensa que mañana podrás sonreír. Aunque parezca que todos te han olvidado alguien no te olvida. Por lo menos tal vez descubras que el recuerdo y el reconocimiento son algunas de las  categorías de la alegría y no son las únicas.

Aunque sientas que el alma se te parte en dos y aunque debas enfrentar lo inesperado e inesperable.

Las flores crecen en lugares descuidados, entre los basurales, las plantas de tomates y zapallos se multiplican sin que nadie las siembre. Los pájaros revolotean aunque nadie les tire alimento.

Hermana, disfruta esta navidad, siempre te gustó esa fiesta. No permitas que todo lo que se supone debes tener y no tienes arruine este momento. Disfruta de lo que tienes y sonríe. Aquí estoy con tu hijo y está muy bien

Está como debe estar…”

Atardecía y la luz bajó de repente impidiendo fijar los ojos en el papel y naturalmente,  como la había iniciado, detuvo la escritura dejando su mano a un costado.

Comenzó a llover mansamente, como una caricia. Él escuchó la lluvia unos momentos antes que se largara, era su secreto. Siempre escuchaba llover antes, como cuando uno pone un tema musical en el reproductor y resuena en su memoria antes que comience a salir la melodía por los parlantes.

La música de la lluvia llenó el silencio que había entre las miradas de los dos hombres. Ni a una buena blasfemia podía ponerle sonido.  No había manera de hablar, pero ese silencio ahogaba un poco, casi empalagaba.

María Inés Senabre

27-12-06

 

 

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